Una torre fenomenológica
Toyo Ito y la Torre de los Vientos, Yokohama — publicado originalmente para Clarín Arquitectura, 2006
Luego de ganar el primer premio en un concurso por invitación, Toyo Ito realizó este cilindro de aluminio de base elíptica y de veintiún metros de altura. Una ingeniosa operación cosmética propuesta para recubrir una torre de hormigón prismática ya existente que cumple la función de ventilar y alojar el tanque de agua de un centro de compras subterráneo, cercano a la estación ferroviaria de Yokohama.
Lo que hace que esta torre sea un hito arquitectónico no es su morfología, no son sus proporciones o el nivel de novedad tecnológica de sus componentes; incluso no existe espacio habitable a ser analizado. Lo interesante de esta obra es cómo Toyo Ito logró crear un objeto arquitectónico de apariencia cambiante, que logra interactuar con los acontecimientos de su entorno, estimulando los sentidos y añadiendo valor estético a una obra de infraestructura anodina.
De día, los paneles de aluminio perforado con los que está cubierta la torre preexistente reflejan la luz, ocultando su interior y brindándole la apariencia de una suave escultura de aluminio sólido que parece flotar cerca del suelo; pero con el comienzo de la noche es cuando el juego lumínico dispone de sus más atractivos momentos. Del interior del cilindro brotan luces de diversas características, generadas por más de mil minilámparas, doce tubos elípticos de neón, treinta reflectores móviles en la base y cientos de espejos acrílicos. Las minilámparas cambian de color según el nivel de ruidos que se generen cerca de la torre, y los tubos de neón reaccionan encendiéndose en oleajes verticales de acuerdo con la incidencia e intensidad del viento.
Para poder dar lugar a esta compleja escenografía de luz, todos los artefactos están conectados a una computadora principal, la cual crea diferentes patrones lumínicos basados en la información que recolecta del entorno. Por lo tanto, el modo en que el sistema de luces actúa no ha quedado determinado por Toyo Ito, no es un patrón fijo preconcebido: es un sistema abierto que ha pasado a quedar determinado por un fenómeno natural (el viento) y por los sonidos que produce la ciudad.
Es la luz artificial, entonces, el recurso más importante para Toyo Ito en esta obra. En el artículo «El espacio de la luz asiática en una ciudad efímera» [1] habla acerca de la afinidad de los japoneses con la luz artificial, nacida de cierta obsesión con la electrónica. Explica que, mientras que en Europa la luz solamente juega un rol secundario en la arquitectura, de acentuación de características físicas, en Japón la relación es inversa. Será esa diferencia la que hace que a los occidentales siempre les haya resultado fascinante observar cómo las metrópolis japonesas se transforman por la noche en complejas manifestaciones lumínicas. Un torbellino visual de luces de neón, sofisticados carteles publicitarios, pantallas Jumbotrón, salas de juegos pachinko y luces de tránsito saturan la retina, trayendo a la memoria a Ridley Scott y la influencia que Tokio (principalmente el barrio rojo) tuvo sobre su paradigmático film Blade Runner, que tiene lugar en una distópica Los Ángeles del año 2019.
Aquel es el mundo del que proviene Toyo Ito y aquel es el mundo que lo ha convertido en un esteta de la era de los medios de la comunicación. Él ha sido particularmente sensible, más que a la propia estética de los productos de esta era, a las nuevas y muchas veces inquietantes relaciones que la tecnología de la información ha gestado en su sociedad. Esta inquietud nunca ha sido más oportuna. Sin embargo, no es nueva. Kenzo Tange, el maestro del movimiento moderno japonés, decía: «(...) la comunicación es la tecnología que crea la relación entre hombre y hombre, entre hombre y cosa, y entre cosa y cosa. Así que pienso que la estructura social, que está compuesta por la relación entre hombre y hombre o entre hombre y cosa, sufrirá grandes cambios. Creo que tal vez afecte inmensamente a la arquitectura» [2].
De otros maestros de la arquitectura moderna, Toyo Ito reconoce la influencia de Le Corbusier —sobre todo de las innovaciones tipológicas del arquitecto franco-suizo— y la del arquitecto alemán Ludwig Mies van der Rohe, principalmente del pabellón que este proyectó para la exposición internacional de 1929 en Barcelona. Particularmente de este edificio rescata el modo en que el brillo de los materiales empleados (metal, vidrio y piedra) genera una sensación de fluidez, de ausencia de gravedad, «como si estuviéramos mirando las cosas desde la profundidad del agua» [3].
Es claro que Toyo Ito es un arquitecto al que no le interesa circunscribirse solo al cuerpo de conocimiento del mundo disciplinar. Evitando el literalismo morfológico, y ávido de que sus proyectos exuden las expresiones y tensiones existentes en su entorno cultural, sigue atento a las manifestaciones de estas nuevas múltiples realidades que nos revela la posmodernidad. Se mantiene permeable tanto a un anime como Akira, film japonés de culto mencionado en «Arquitectura en una ciudad simulada» [4], como a la música de Laurie Anderson, conocida por lograr un sincretismo novedoso y eficaz entre la creación musical y la tecnología electrónica. Dice Ito: «Laurie Anderson me influyó mucho. Ella dice que el hombre tiene dos cuerpos: uno físico y real y otro, creado a partir de las imágenes (...) Nuestros cuerpos están constantemente expuestos al aire de la tecnología, reaccionan frente a ella y con ella sincronizan nuestro ritmo biológico».
Los intereses de la práctica proyectual de Toyo Ito han ido evolucionando con los años. Su atención inicial en la morfología (casa «U blanca», casa en Kasama) se ha ido desviando hacia el trabajo sobre las características materiales de los edificios, fundamentalmente la de sus envolventes, buscando la expresión de ligereza, de levedad (edificio ITM) y de aparente inmaterialidad (concurso para la biblioteca de la Universidad de París); y actualmente se centra en la noción de fluidez (pabellón del futuro de la salud en la Expo Hannover 2000, mediateca en Sendai).
Para cuando Ito empezaba sus estudios de arquitectura en Tokio, en 1960, la escena arquitectónica nipona era dominada por el maestro de la arquitectura moderna japonesa, Kenzo Tange (quien proyectara en 1960 el ambicioso e influyente plan urbano para Tokio) y por uno de los fundadores del manifiesto metabolista, Kiyonori Kikutake. A fines de los sesenta y comienzo de los setenta, dos arquitectos japoneses fueron los que influenciaron a Ito en los inicios de su práctica: Kazuo Shinohara y Arata Isozaki (quien a su vez había trabajado inicialmente con Tange).
En los años ochenta es cuando Ito comienza a percibir diferencias en su visión de la arquitectura con respecto a sus contemporáneos. Frente al vértigo con el que se derribaban y se construían edificios, provocado por la vorágine consumista, hija del boom económico por el que transitó Japón, Ito notó, a su saber, la formación de dos posturas entre sus colegas. Una, la de los maestros, reservada y abstraída de las consecuencias del mercado en los modos de la práctica arquitectónica; y otro grupo de arquitectos que asimilaban acríticamente la cultura consumista. Ito adoptó una postura crítica, posicionándose más cerca de los fenómenos de la sociedad de consumo para comprenderlos y comprender las dinámicas generadas en la cultura y, consecuentemente, en el modo de concebir y generar arquitectura.
Frente a la mutación violenta y constante de los tejidos urbanos de las grandes urbes japonesas, Ito comenzó a cuestionar la pretendida condición eterna de la arquitectura. Sin olvidar la ineludibilidad de la condición material de la arquitectura, comenzó a investigar temas como la búsqueda de la aparente inmaterialidad de los edificios, el nomadismo y el concepto de lo efímero (restaurante nómada, instalaciones «Pao 1» y «Pao 2»).
Hoy lo encontramos investigando, desarrollando y complejizando su interés por la fluidez del espacio arquitectónico, y por la simbiosis entre la arquitectura y los fenómenos naturales. Dice: «En el pasado, el valor de la ligereza era muy fuerte en mí. Lo buscaba donde fuera. Hoy he cambiado, y doy más importancia al fluctuar, a la fluidez. Con este término quisiera indicar el intento de colocar una arquitectura en el interior de un ambiente en continua transformación. El ambiente exterior es viento y luz que cambian. La arquitectura debe mutar con el ambiente que la hospeda».
La torre de los vientos parece ser el epítome de esta visión. Un objeto arquitectónico de alta tecnología, orgánico, que está en consonancia con la naturaleza y los fenómenos de su entorno. Una torre que es, en términos perceptivos, incompleta, debiéndose tener en cuenta, para una crítica acabada, su interacción con los eventos humanos y los fenómenos naturales que la afectan. Un objeto cuya piel metálica muta constantemente, variando su transparencia y luminiscencia, volviéndose a veces más densa, a veces más traslúcida, pero nunca estable.
Toyo Ito ha logrado así, parafraseando el título de su exposición Blurring Architecture (arquitectura borrosa), borronear los límites de este cilindro construido en Yokohama. Ha logrado relegar su forma física a un segundo plano, para utilizarla como soporte expresivo de su libre interacción con las manifestaciones invisibles de la ciudad, y crear un artefacto de bordes imprecisos que es capaz de enfocarse en los ruidos y el viento y convertirlos en luz.
J.D.
Notas
[1] Ito, Toyo, «The Space of Asiatic Light in the Ephemeral City», Architect's Journal, 1997, pág. 32.
[2] Entrevista de John Peter a Kenzo Tange, en The Oral History of Modern Architecture, Editorial Harry N. Abrams, Inc., Nueva York, 1994. Pista de audio 16. Traducción del autor.
[3] Ito, Toyo, «Tarzanes en los bosques de los medios», revista 2G, Toyo Ito — Sección 1997, Editorial Gustavo Gili S.A., 1997, pág. 126.
[4] Ito, Toyo, «Architecture in a Simulated City», El Croquis 71, Toyo Ito 1986-1995, Editorial El Croquis, pág. 6.

