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Frei Otto (1925-2015): de pompas de jabón a paisajes tensados

Centenario del nacimiento de Frei Otto

Cuando el arquitecto Frei Otto trepó al techo del pabellón de Alemania en la Expo 67 de Montreal, sintió que se elevaba y descendía como si estuviera sobre un ser vivo. «Estamos parados sobre el lomo de una ballena gigante», bromeó Rolf Gutbrod, su asociado en el proyecto. Otto comentaría luego que aquella estructura liviana de cables tensados y tela traslúcida no parecía un edificio en el sentido convencional, sino «un estado, casi un suceso». El pabellón, una rareza entre sus vecinos, conquistó de inmediato el corazón del público y de la crítica de la Expo 67.

El origen de aquella ligereza estaba detrás de experimentos rigurosos: sumergir marcos de distintas formas en agua jabonosa y dejar que la película encontrara, por sí sola, la superficie mínima entre bordes. Dobles curvaturas positivas y negativas de una piel continua. La lógica del mínimo material para la máxima superficie.

Un remanente de Montreal volvió a Stuttgart y se volvió su manifiesto y su aula: el Instituto de Estructuras Ligeras (IL, por sus siglas en alemán), donde enseñó a experimentar y comprender antes que a dibujar soluciones preelaboradas. Se colgaban, por ejemplo, modelos físicos y se los lastraba con cientos de saquitos de arena para leer las trayectorias de esfuerzos —sus líneas funiculares—; al invertir el modelo, la forma trabajaba a la compresión (método ya utilizado por el ilustre catalán admirado por Otto: Gaudí).

Frei Otto aspiraba siempre al «menos es más», entendido no como consigna estética sino como economía de tiempo y materia. Ese principio estuvo en el centro de las discusiones de Múnich. La historia es conocida y, a la vez, mal contada: los techos olímpicos de 1972 suelen aparecer como “la” obra de Otto. En realidad, Behnisch & Partners habían ganado el concurso para el Olympiapark, claramente inspirados en Montreal 67. Las dudas estructurales y constructivas arreciaban y Behnisch tuvo que llamar a Otto para que ayudara. Su tarea fue ajustar la red de cables, corregir curvaturas, proteger la transparencia que se buscaba; también discutir, a veces ásperamente, el peso de bordes y anclajes. Él quería un conjunto más liviano que el construido. Aun así, logró un parque de cubiertas que eran una segunda naturaleza, un nuevo paisaje.

Raíces y aprendizajes

El centenario de su nacimiento obliga a mirar su corpus de obra y vida con detenimiento. Podemos decir que vivió momentos únicos que lo marcaron y direccionaron en la vida. Frei era hijo de un escultor: creció entre el pragmatismo del taller y los sentidos sensibilizados hacia la materia. De adolescente, volaba planeadores: allí aprendió que cada gramo cuenta y que la forma es inseparable del flujo de fuerzas. De la guerra, cuando cayó prisionero en Francia, se llevó dos experiencias: tener que construir con casi nada el cementerio de sus compañeros, además de tiendas; y, luego, tener la visión diaria, desde la prisión, de nada más ni menos que la maravillosa catedral de Chartres. Aquella «construcción ligera en piedra» le enseñó cómo lo pesado puede volverse leve si se reparte el esfuerzo naturalmente.

En 1950 Frei visitó a Mies van der Rohe en Chicago. De entonces recordaría que el Meister no expresó pesar por el desarme del pabellón de Barcelona: «También es bueno que no exista así, ahora es más bien una imagen fantasma», dijo el maestro. De esto le quedaría la conclusión: «Esa fue la primera vez que me di cuenta de que no siempre es necesario que las obras de arquitectura existan». Luego a Otto nunca le importaría que muchas de sus obras fueran efímeras.

La obra

Su obra preferida, quizá la que más se acercó a su ideal, fue el gran aviario del zoológico de Múnich (1980). Una red casi imperceptible de cables finos tensados que envuelven aire y árboles. Otto lo llamó su «mínimo absoluto», ni un cable de más. En esa discreción se entiende su ética: construir lo justo para que la vida ocurra.

Desde el Instituto IL seguían saliendo proyectos, algunos no realizados, como estructuras neumáticas. Pero sí tuvo éxito el Multihalle de Mannheim (1975), dos espacios curvos principales hechos de una retícula de madera. Una obra generada por la precisión del método de modelo invertido colgante. Su presencia en el paisaje: dos grandes gotas derramadas en el parque.

La biografía de Otto cruza otros climas. En Arabia fue vernáculo sin poses: levantó el Tuwaiq Palace, una muralla de piedra caliza con patios, jardines y carpas sombreadas. En Inglaterra, para la Architectural Association, convirtió leña residual en estructura: arcos de troncos húmedos, un lucernario, una casa-taller que educa con el propio gesto.

El legado

Con sus experimentos fue tan lejos que a veces llegó al grado cero de la arquitectura. Una arquitectura «sin oropel ni pathos». Reveló —no inventó— un nuevo lenguaje que estaba tan escondido como a la vista. No por capricho, sino por exclusiva necesidad. Fue “sustentable” antes de que se acuñara y se bastardeara el concepto. En 2015 recibió el Pritzker. Alcanzó a enterarse: murió el 9 de marzo, un día antes del anuncio, que el jurado adelantó por ese motivo. Sus palabras al saberlo fueron: «Nunca hice nada para ganar este premio. Mi impulso arquitectónico fue diseñar nuevos tipos de edificios para ayudar a los pobres, especialmente después de desastres naturales y catástrofes». Y cerró: «Tienen aquí a un hombre feliz».

Queda en el aire la paradoja: personaje central y sin embargo periférico para la historiografía. Encasillado en una imagen (Múnich) cuando su núcleo vital está más cerca del aviario, del espacio de trabajo del IL, de esos modelos de jabón que ordenan el mundo con una película mínima.

A cien años de su nacimiento, su lección sigue siendo concreta: mirar sin preconceptos, ver cómo la materia se organiza, medir y prototipar; pensar la arquitectura como pacto de fuerzas, no como objeto. Su trabajo insistió en esa intuición: cuando la arquitectura resuena con la naturaleza de la materia, deja de ser objeto, deja de pesar; simplemente sucede.

J.D.

Publicado originalmente en el diario de Arquitectura de Clarín, ARQ núm. 1209, Buenos Aires, noviembre de 2025, pág. 11

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