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Serie · Anatomía del artificio

El cuerpo de la mirada

Anatomía de un artificio

La arquitectura manipula la materia bajo el dominio de la física y de leyes autoimpuestas como la geometría, una herramienta que ayuda a delimitar, disciplinar, dar borde y mensura. La geometría orquesta las formas, las sublima cosiéndolas mediante líneas de un juego invisible que sostiene y otorga sentido. De ese trabajo surge un vacío acotado y semantizado llamado espacio, consecuencia y objetivo fundamental para el hábitat.

Para que un límite-membrana —la fachada— contenga lo que usualmente llamamos “ventana” hay que omitir la materia misma: hiatos, oquedades, desplazamientos, permeaciones, sustracciones. Nosotros, el cuerpo-sujeto, podemos establecer entonces a través de ella una relación entre un espacio contenido y el espacio suelto, ese donde están las cosas que dejamos afuera del adentro.

Este interior versus exterior es una dualidad cuya fuerza se disipa si cambiamos la escala de la mirada. La ciencia nos enseñó que nuestro cuerpo material está hecho de interioridades múltiples: somos una acumulación de afueras y adentros, de cavidades, conductos flexibles, sacos, nervios, contenedores, millones de límites y umbrales de distintas dimensiones. Todo eso está acomodado bajo la compleja piel, una zona de intercambio con el afuera, que filtra, regula, transpira, recibe presión, temperatura, radiación, roce. En términos fenomenológicos, el cuerpo es nuestro aquí, la bisagra entre el yo y las cosas. El hábitat prolonga esa condición a una escala construida. A su manera, la piel arquitectónica también respira, protege, deja pasar, atenúa, concentra, separa y vincula, resguarda y expone, da forma a una vida interior en trato continuo con lo otro.

Nuestra ventana sería el ojo. Aunque el nervio óptico es una parte de todo el acto visual. Al ojo lo acompaña la postura del cuerpo, la piel expuesta a los fenómenos y un banco de memoria háptica. Y no termina allí: luego viene lo inconmensurable, la cultura y el tejido subjetivo que da sentido a lo percibido. En arquitectura, la ventana también puede incluir más que la mera mirada. Ella acomoda la distancia del cuerpo, condiciona micromovimientos de los músculos; nuestra posición se subordina a su ubicación y dimensión; su orientación distribuye calor, penumbra, resplandor.

Cada ventana es un artificio que define la interacción entre el cuerpo-sujeto y la atmósfera, las cosas y el horizonte, porque ella domestica el todo mediante el enmarcado que hace por nosotros. La ventana inserta al cuerpo en el mundo (el “más allá”) sin arrancarlo de su abrigo, de esa segunda piel artificial que es un edificio —la primera es la vestimenta— y que es el “más acá”. Por eso puede ser considerada de orden primigenio, algo indiscernible de la idea de hábitat arquitectónico. La arquitectura de la ventana da lugar a la antigua necesidad de unir la conciencia sensible con la realidad exterior, ofrecerle a la carne-sujeto una mediación justa con la amplitud de lo real.

Y quizás por eso, alguna vez, frente a una ventana cualquiera, uno se queda quieto más tiempo del necesario. Uno está más que mirando, está midiendo con el cuerpo cuánto mundo le cabe.

J.D.

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