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La resonancia poética del Museo Xul Solar

Pablo Beitía, Mario González, Raquel Adesso. Museo Xul Solar, Buenos Aires, 1987-1993

¿Es el tiempo algo real y objetivo o es solo una ilusión? Cierto es que fraccionándolo nos sirve como un marcador que ayuda a fijar puntos en la historia para la revisión, crítica y celebración. Treinta años parecen una buena medida para revisitar una obra de arquitectura que es tan singular como su contenido. Un hito arquitectónico y cultural oculto en el tejido de la ciudad y vinculado con las huellas físicas de donde surgió.

Uno no puede toparse con el Museo Xul Solar por accidente porque hacia la calle se encuentra velado, pero estalla en una polifonía de forma, materia y espacio para aquellos que traspasen la puerta de Laprida 1212 y se dejen abducir por su mundo interior. Allí se desdobra un acontecimiento arquitectónico que fascina debido a una urdimbre de hormigón y espacio, que resulta amablemente laberíntica, meticulosamente concebida. De ella se puede captar un perfume de familiaridad con la obra que alberga, junto a la propia vivienda original del artista en planta alta, que se ha mantenido intacta gracias a la Fundación Pan Klub, responsable del cuidado, curado y divulgación de la producción de Xul Solar. Todo ocurre detrás del velo de la fachada de lo que habían sido cuatro casas (dos en planta baja y dos en alto) que oficiaron de testigo de la vida de un artista singular y multifacético.

Alguien que era capaz de exclamar «Tengo una gran noticia: ¡ha muerto el adverbio!» al arribar a una reunión de la que participaba, entre otros, Jorge Luis Borges. Esta cita no es casual. Alejandro Oscar Schulz Solari, que había nacido en 1887 y cambiado su nombre en 1917 durante un viaje de doce años por Europa, se tomaba el lenguaje creativamente en serio. Él, además de pintor, era escultor, músico, esoterista, astrólogo e inventor, entre otros intereses que investigaba con igual pasión, interactuando con artistas y pensadores de la primera mitad del siglo XX, desde Wassily Kandinsky a Juan de Dios Filiberto, Emilio Pettoruti u Oliverio Girondo, entre muchos otros. Un inquieto lingüista que hablaba diez idiomas y cuya aproximación de constante crítica y revisión del lenguaje era canon para sus abordajes artísticos, sin importar el medio. Si es que Wittgenstein llevaba razón en que los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo, entonces a Xul le era necesario descoserlo y retejerlo, como su expansión polisémica del ajedrez (panajedrez); o, en su defecto, tramaba nuevos, como por ejemplo una grafía musical o sus dos idiomas: la universal panlengua, y otro de identidad hispanoamericana, el neocriollo, mezcla de español y portugués.

Xul Solar no buscaba la transgresión intencionalmente: le era inevitable trazar ideas y artefactos transversales a las convenciones.

En la búsqueda de concebir un espacio que estuviera en resonancia con el espíritu de las obras atesoradas y de su creador, Micaela Cadenas, la viuda de Xul Solar, le solicitó a Pablo Beitía que proyectara el museo teniendo en consideración las directivas curatoriales dejadas por el propio artista, fallecido en 1963. Con ese norte, Beitía y sus colaboradores colonizaron toda la planta baja y parte de la alta para formar un sitio que es galería de arte y también un espacio de comunión cultural.

La geometría de este nuevo edificio engarzado en uno preexistente no es una imposición ex nihilo: hay dos direcciones de trazados surgidos del lugar. Uno oficia como una suerte de sintonización con la huella y líneas estructurales de las casas, aprovechando ritmos y ortogonalidades. El segundo trazado que se utiliza está anclado a la inclinación del fondo de lote, indicio del límite con el tejido urbano que no está presente en el cuerpo original de las casas, alineado a la calle. Esta superposición basta para que esas dos tramas-directrices puedan crear fricciones en planta que se traducen en dislocaciones espaciales, en colisiones, maclados de tabiques y en intersticios de espacio y de luz.

Dos grados de libertad —los dos trazados superpuestos— bastan para un caos controlado, o un orden otro, de tabiques de hormigón y escaleras xulsolarianas que habitan los espacios secuenciados con perspectivas múltiples en las que se van descubriendo las obras del artista. Como en las acuarelas de Xul, las formas y los espacios se solapan, como palimpsesto, ecualizados en una sinfonía de diques flotantes de hormigón que regulan el caudal espacial hacia el punto central que en realidad es lógicamente excéntrico. El espacio en ese punto se dispara hacia arriba en un vórtice de luz tamizada por óculos rectangulares.

Si para María Zambrano la poesía es «la palabra acordada con el número», cabría acordar que la arquitectura es la forma y materia acordada con la geometría, siendo los espacios derivados un producto y la luz un índice fenoménico, todos fundamentales para la ecuación arquitectónica final. La geometría en esta obra es entonces, además de instrumento, un verdadero medio de sublimación poética, en donde la atención casi scarpiana al detalle y la resolución técnica de cada accidente termina de construir el carácter integral de este museo.

Beitía, González y Adesso subliman una arquitectura desafiliada de la ortodoxia que ellos mismos vivieron en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires. Su marca de agua se aleja del paradigma de la arquitectura diagramática concursera rioplatense; muestra una sensibilidad a favor de la riqueza perceptiva desde otro abordaje, con atención a la técnica, la geometría y la forma, y evitando el peligro de sobresimplificación latente en los dogmatismos de ciertas arquitecturas de partido (término derivado de parti, de las Beaux Arts, pero más ligado a un diagrama en planta de una "idea fuerza", donde unos pocos trazos deben definir la obra). Esta obra, así como sus prácticas académicas, transformó a los arquitectos del museo en outsiders, unos que por un camino casi solitario han llevado a esta traducción arquitectónica de los mundos de un singular demiurgo llamado Xul Solar.

J.D.

Publicado originalmente en el diario de Arquitectura de Clarín, ARQ núm. 1105, Buenos Aires, octubre de 2023, pág. 10, conmemorando los treinta años de la inauguración del museo.

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