Museo La Congiunta, de Peter Märkli
Giornico, Suiza, 1992
Hans Josephsohn prefería el yeso para pensar sus esculturas. Volúmenes de una expresividad cruda, de una visceralidad matérica que puede convencerte de que su superficie sigue vibrando. Indefinición del detalle, borroneo de la especificidad para dejarte caer en lo profundo, en las inmediaciones de las causas y no en lo efímero del rasgo.
Esas esculturas oscuras (logró realizarlas en bronce tras seis décadas de espera) que se encuentran dentro de este museo de Märkli eran creadas a partir de personas reales, conocidas, generalmente amigos y familiares. En la traducción de sus manos hacia el yeso, ellos ya no quedaban reconocibles por sus rasgos personales; solo quedaban atados al mundo por la profundidad de su postura y por el nombre propio. Ambos son aquello que separa lo cierto de la incertidumbre que resulta de estar fuera del mundo, donde habita lo informe y lo anónimo.
«Mis figuras deben ser perdurables en su expresión, en su postura. (...) Un gesto narrativo está fuera de cuestión».
Hans Josephsohn
Preferí empezar por mi interpretación de las obras que están dentro de este edificio pensado por Peter Märkli porque me parece que es uno de esos casos donde podemos encontrar una feliz resonancia entre contenedor y contenido. Aunque "feliz" no sea una palabra correcta, porque la arquitectura trata acaso más de pertinencia que de felicidad, un sentimiento posterior y ajeno al evento proyectual, y que pertenece —con suerte— a las vidas de quienes la habitan.
Es imposible imaginar un museo para las obras de Josephsohn que no sea de hormigón. Pero no el impoluto y acabado, sino este, que define formas y aristas al tiempo que es imperfecto y que muestra sus cicatrices, sus accidentes; que tiene ambigüedades como esos cambios de posición del encofrado en un mismo plano de muro cuando hay una variación de altura.
Es un edificio que borra ese tópico del canon proyectual universal: la jerarquía de una entrada. Aquí, en este museo La Congiunta que parece una estalagmita cartesiana y horizontal a lo largo de un camino alpino, el acceso —por la punta y no por el eje transversal— aborrece la pretenciosidad al punto de parecer un acceso de servicio: una puerta simple para un vano común al que se traspasa haciendo equilibrio sobre una pestaña de hormigón que parece avisar: «la vita è bella, ma complicata».
El vano conocido como "puerta" será la única referencia sintáctica reconocible, porque no hay ventanas; la luz alpina proviene de arriba, y se traduce en aspereza al reverberar sobre los muros crudos. Si nuestras manos quieren tocar algo, solo pueden sentir esa caja tosca que es un antídoto contra el paisaje exterior, abominablemente bonito. Aquí la belleza es otra. Y estas esculturas necesitaban un marco acorde, no ese blanco cómodo de museo impersonalmente universal. Aquí hace falta un marco que sea digno de la vitalidad rugosa y vibrante de esas personas borroneadas de Josephsohn.
J.D.

