Flamboyant
Ricardo Bofill
«FLAMBOYANT. From French: flaming. From flamboyer, to flame».
Hoy en día es sinónimo de «extravagante», aunque originalmente parece venir del estilo curvilíneo y flamígero de cierto gótico francés tardío de los siglos XIV y XV.
Flamboyant es la palabra que se me venía a la mente cuando me nombraban a Ricardo Bofill (el primer starchitect, según él mismo), cuando «elegante», «creativo», «intenso» y «polémico» quedaban cortos. El castellano tiene la palabra, pero partida: flamígero se quedó con el gótico y nunca sirvió para describir a nadie. Para Bofill hacen falta las dos mitades juntas.
Repasado el conjunto de su obra, debo acudir a una serie de adjetivos que parecieran pertenecer a varios, y no a un solo arquitecto: moderno, neoclásico, manierista, posmoderno, utópico, distópico, onírico, caprichoso, creativo. Fredy Massad se acerca a definirlo con solo dos palabras: «complejo y maldito».
Se entiende algo mejor sabiendo de dónde venía. Nació en Barcelona en 1939 y murió en la misma ciudad en enero de 2022, a los ochenta y dos años. Era hijo de Emilio Bofill, arquitecto y promotor, y de María Leví, veneciana, mecenas de la cultura catalana. Estudió en el liceo francés de la ciudad. Entró a la escuela de arquitectura de Barcelona en 1957 y lo expulsaron por militar contra el franquismo; siguió en Ginebra entre 1958 y 1960 y abandonó también esa escuela, porque era «excesivamente beaux-arts y a mí me interesaba Alvar Aalto». Volvió sin título y nunca lo tuvo. Es decir que abandonó una escuela por demasiado clasicista y veinte años después estaba construyendo peristilos. Su primera obra construida es de ese mismo año: una casa de veraneo en Ibiza, proyectada a los veinte.
En 1963, a los veintitrés, armó el Taller de Arquitectura, que integró con arquitectos e ingenieros pero también con escritores, poetas, filósofos y matemáticos. Miró la arquitectura indisciplinadamente, con un pie afuera de la disciplina: al principio porque lo echaron, después por elección.
El clasicismo le llegó con Francia. Pasó, según él, diez años «reescribiendo la arquitectura clásica. No copiándola, sino reescribiéndola», con piezas de hormigón prefabricado: columnas, cornisas y frontones producidos en serie para vivienda social, en Saint-Quentin-en-Yvelines, en Abraxas, en Antigone. Ahí, en su búsqueda de carácter para los —usualmente anodinos— bloques de viviendas sociales, fue donde incursionó en el posmodernismo, etiqueta que él primero se puso y más tarde se quitó: «Reconocí que era un invento que salió mal». Pero algo le quedó cuando rompió con el clasicismo, y no son las columnas. Hablando de la terminal de El Prat, que no tiene una sola columna clásica, dijo que un edificio puede necesitar escala monumental pero que hay que meterle además una escala humana «para que el individuo no quede extraviado en esa grandilocuencia, que por sí misma es un disparate». Walden 7, Abraxas y el Belvédère Saint-Christophe, en Cergy-Pontoise, destilan más grandilocuencia que pertinencia de escala. Walden 7 es incluso anterior al giro clásico, de modo que su inclusión acá es discutible. Y sí es cierto que ese umbral no está en el mismo lugar para todos. Lo que a uno le resulta grandilocuente a otro puede resultarle pertinente.
Ricardo Bofill era de esos arquitectos inclasificables. Un excéntrico que derramaba su exuberancia inevitable, que orquestaba unas arquitecturas cuyos aires tangenciales a la realidad resultan tan aptos para dar fondo a distopías ficcionadas para las pantallas: han llegado a servir como locaciones para películas como Brazil y Los juegos del hambre, o series como Westworld. Algunos afirmarían que solo sirven para eso. Pero cuando el municipio de Noisy-le-Grand propuso demoler Les Espaces d'Abraxas, sus habitantes se movilizaron y el proyecto terminó cayéndose; y hay quien atribuye parte de ese salvataje, justamente, a la fama que le dio el cine. El conjunto está hoy en obra, en una rehabilitación que Bofill alcanzó a supervisar.
Hace unos treinta años encontré, en un número de Diseño Interior (esa revista española que no era solo de DI), una revisión de los premios FAD catalanes. Ahí vi sus hermosas viviendas en la calle Bach. Destruyó, en el instante, mi prejuicio —que era un poco el que reinaba en los pasillos de la academia rioplatense— de que era un "posmo" más, que "siempre hacía lo mismo". La casa en Ibiza, la Muralla Roja, la Fábrica, etc., etc., etc., me demostraron que su catálogo cruza oblicuamente a través de los "ismos". Incluso a sus conjuntos de viviendas etiquetables como "posmodernos" (difíciles de digerir, al menos para mí) se les pueden encontrar preguntas sobre los espacios comunes en el hábitat colectivo, los imaginarios y la monumentalidad; aunque yo personalmente termine reafirmándome en otras veredas.
Hay obras suyas que aún hoy me cuesta terminar de entender que hayan sido proyectadas por él. Otras no me gustan, pero me interesan por su disrupción. Y hay algunas que me fascinan. En todos los casos me resulta formidable el nivel de despreocupación con el que Bofill jugaba con el lenguaje. Eso derivaba en formas y espacios que son consecuentes con esa condición lúdica y rebelde. Por ello, más allá de los gustos y las críticas, está bien que Ricardo Bofill no haya pasado desapercibido.
J.D.

