09Giuseppe Pettazzi4 min de lectura

El revólver y el voladizo

Giuseppe Pettazzi. Estación de servicio Fiat Tagliero, Asmara, 1938

Año 1938. Asmara, noreste de África.

Escena 1: el arquitecto apunta su revólver a la cabeza del capataz que se rehúsa a sacar los puntales del encofrado.

Escena 1, opción 2: el arquitecto trepado a la punta del voladizo de unos quince metros, anunciando que si las alas ceden cuando saquen los puntales, se deja caer con ellas.

Una de estas dos, o ninguna, es cierta. Hay además una tercera voz: en 2003 su viuda le escribió al director de La Repubblica para desmentir la historia del arma. Decía que su marido era un hombre manso y que jamás habría hecho algo semejante con su gente. Una viuda no es testigo neutral; tampoco lo son sesenta años de relato sin una sola fuente de 1938.

Lo que sí es cierto es que cuando en 2001 se encontraron planos con quince soportes presentados al municipio, la leyenda con doble final posible se afianzó. Conviene mirar bien ese dibujo. Los soportes están bajo techos que tienen otra forma y carácter, y no son los puntales del encofrado: son columnas de proyecto. Con esos apoyos el voladizo deja de ser necesario, y con él se diluye la idea del cuerpo central con alas que cubren el espacio circundante. Más allá de eso, se sabe que fue dibujado así para que el municipio aprobara la obra. Quedó un plano que promete un edificio y un edificio que incumple el plano.

Quien firmaba tenía treinta y un años. Milanés, ingeniero recibido en Turín en 1931, había desembarcado en Asmara a fines de 1936 detrás de lo que la colonia prometía a los jóvenes con título: obra. En menos de dos años levantó el taller de Fiat, tiendas, un tramo de camino de montaña y esta estación, que inauguró el duque de Aosta el 28 de octubre de 1938.

Después se le acabó el continente. En 1940 lo movilizaron con los alpinos; en abril del 41 cayó prisionero de los británicos y pasó cinco años en campos del Sudán y de la India. Volvió a Italia el día de Navidad de 1946, pesando cincuenta kilos. Al año siguiente se casó con una maestra que había conocido en 1939 en una diligencia y con la que se escribió durante los siete años de guerra y cautiverio. Se instaló en Rapallo y no volvió a construir nada parecido. Murió en octubre de 2001, a los noventa y cuatro años, el mismo año en que aparecieron los planos que devolvieron su obra a la conversación.

Las mismas bombas británicas de 1941 alcanzaron la estación sin voltear las alas, mientras ese ejército se llevaba a su autor a un campo en el Sudán. Esas bombas y después las décadas fueron el último escollo de este edificio antes de su declaración como categoría I, en una ciudad a su vez declarada patrimonio mundial por la UNESCO en 2017.

Quedará para ampliar la discusión de belleza y pragmatismo. ¿Es necesario semejante esfuerzo estructural? ¿Con unas columnas bien colocadas en vez de esas musculosas vigas invertidas, se hubiera solucionado racionalmente el movimiento vehicular inferior? ¿O es justamente esa estructura la que, además de dar libertad total de movimiento, le otorga a un edificio con fines tan mundanos un carácter único, tan caprichoso como irresistible?

J.D.

·

Escribirle al autor

Si este texto te hizo pensar en algo, podés dejarle un mensaje al autor. No se publica en la página: llega solo a su casilla.

0/2000
·

Seguir leyendo