El arquitecto y los nuevos paradigmas
Escrito para la Maestría en Lógica y Técnica de la Forma, FADU-UBA, 2019
El siguiente escrito es un producto de los seminarios cursados, no en cuanto a contenido sino en cuanto a la conciencia de la profunda influencia que los hechos y productos del arte y la cultura tienen sobre nuestra matriz disciplinar, cultural e ideológica. La mirada de la realidad, nunca más —tampoco menos— que un recorte del Real, está signada por todo ese sedimento de manifestaciones a lo largo de la historia. Nos deja en la obligación de preguntarnos en qué momento uno se encuentra y cuánto está condicionado sin dar cuenta de ello. Desgranar la historia sin olvidar sus particulares Zeitgeister nos hace cuestionarnos cuál es nuestro espíritu de este tiempo y si estamos abordándolo o simplemente siendo llevados acríticamente.
Respiramos oxígeno pero vivimos en una sociedad líquida. Y las sólidas certezas ideológicas y normativas se han desvanecido en el aire.
En un mundo donde lo único permanente es el cambio, la disciplina de la arquitectura, a diferencia de otras, parece estar constantemente por detrás de las manifestaciones artísticas y culturales, así como de los desafíos sociales y técnicos a los que se enfrenta día a día nuestra sociedad, llegando casi siempre tarde y con un bagaje instrumental insuficiente u obsoleto para la resolución de los nuevos problemas y condicionamientos de este mundo hipercomplejizado que nos toca vivir. La arquitectura parece abrumada en su capacidad de resolver las exigencias a las que el contemporáneo hábitat construido es sometido, no solo en términos mensurables, sino en términos simbólicos y de capacidad de resonar con las nuevas expresiones culturales. Frente a esto, la ortodoxia arquitectónica es superada y a la vez exhortada a replantear su cosmovisión instituida y a buscar nuevos criterios de manipulación de sus herramientas proyectuales.
Las nuevas problemáticas, que son parte de las furiosamente rápidas innovaciones tecnológicas que nos envuelven, terminan por ahogarnos, junto con todas las consecuencias que ellas tienen sobre el comportamiento social y sobre las interacciones entre seres humanos, y entre seres humanos y objetos.
Nuestra época es la primera en la historia en haber superado el récord de tener a la mitad de los hombres y mujeres del mundo viviendo en hábitats urbanos. Megaciudades, hiperdensas y caóticas, tapizan el planeta. Millones de personas comparten una ciudad; cientos de miles, un barrio; decenas de miles, una supermanzana o un barrio «carenciado»; miles, una cuadra; cientos, un edificio. Y todos se ven, casi nadie se mira.
Es evidente en este contexto que la arquitectura debe decir algo al respecto, dar cuenta de ello. Sin embargo, esta afirmación no es tan fácil de sostener: las intervenciones de nuestra disciplina, en términos territoriales, morfológicos o espaciales, surgen demasiadas veces con recetas que resultan extemporáneas, ya que no entienden ni atienden la necesidad urgente de explotar, desde una cosmovisión heterodoxa, las nuevas condiciones materiales, culturales, formales, espaciales y sensoriales que se nos presentan como grandes posibilidades para dar un salto de calidad realmente relevante para una disciplina que generalmente es solamente reactiva.
La «glocalidad», virtud y vicio
La naturaleza de la dinámica de la sociedad del siglo XXI nos ha hecho replantear la definición del arquitecto y su dominio. Frente a la estaticidad de aquellos que realizan sus prácticas en su exclusivo entorno metropolitano y operan con criterios culturales específicos, han empezado a aparecer otros que interpretan que las dinámicas que mueven a la civilización contemporánea nos arrastran inexorablemente a tener que considerarnos ciudadanos del mundo, ya que las fronteras se han difuminado y la cultura se ha globalizado. Ya casi no hay centro que colonice la periferia: todos «contaminan» a todos. Lo exógeno es el motor de la hibridación. No hay más pureza identitaria. La hibridez is the new black.
La tan mentada «globalización», sin embargo, divide al mismo tiempo que une. La pasmosa facilidad de viajar en bytes alrededor del mundo puede ser un suceso tan altamente «democratizador» como «desnaturalizante». Y se pone en marcha, al mismo tiempo, como cara de la misma moneda, un proceso «localizador», de fijación real del espacio que nos conmueve como seres presenciales. Estos dos procesos, «globalización» y «localización», fuertemente interconectados, marcan una línea divisoria entre dos segmentos de la sociedad que evidencia la profundización de esta nueva brecha.
A decir de Zygmunt Bauman, nuestra sociedad contemporánea se divide, según su acceso a la movilidad —sea física o virtual—, en dos categorías humanas: la de los «turistas» y la de los «vagabundos». Dos percepciones distintas del mundo, en la cual una de estas estratificaciones sociales, la de los vagabundos, se encuentra marginada y desarraigada del mundo nuevo, in-movilizados; mientras que los otros, los turistas, se imponen en la vanguardia de la dinámica social, son la punta de la pirámide. Para intentar equilibrar esta realidad y lograr un mundo menos segmentado, los intelectuales y hacedores de nuestra época debemos mantener un estado de atención constante a ciertas especificidades de cada sociedad, que son marcas de agua de sus identidades dentro del maremágnum de la interacción global.
Instrumentaciones
Entonces, ¿cómo plasmar en nuestra especificidad disciplinar todas estas ricas y complejas circunstancias a las que nos hemos estado refiriendo? Sin desatender el manejo de la materia y de su especificidad espacial, hemos de desarrollar, de un mismo modo, nuestras herramientas proyectuales sobre una base del aprovechamiento de las avanzadas tecnologías digitales, filtradas a través de una cosmovisión crítica. A esto se sumará la interacción con las artes contemporáneas, a caballo de una conciencia e interpretación instrumental de su historia.
Las herramientas digitales nos permiten trascender los límites físicos del espacio y la realidad física de lo material, que sigue siendo nuestro soporte y cuyo estudio no debemos resignar nunca, pero que tampoco debería cerrarle el paso a una nueva dimensión de nuestra práctica, permitiéndonos aproximarnos a los problemas arquitectónicos de modo abierto y desprejuiciado.
Las artes no dejan de ser nuestro faro: ellas han abrazado las nuevas expresiones que posibilita lo digital. Cualquier individuo puede explotar su inquietud creativa. El arte de hoy despedazó los límites de su espacio de expresión; su espacio va desde un museo físico a un canal de YouTube o Instagram. Mientras la noción de extranjería queda para los pasaportes y los discursos criptofascistas, en todas las artes late un liberador blurring de las fronteras entre culturas y lugares. La arquitectura no es un arte pero necesita de él para nutrirse de su mirada crítica de los tiempos y de las instituciones. La arquitectura en sincronía con esto no puede ser presa de la ortodoxia: buscará arribar a soluciones morfológicas y tectónicas desprejuiciadas, revisitando en clave crítica aquellas variables que son ineludibles e irrenunciables, como la gravedad, la luz, el aire y el cuerpo humano.
Se trata, entonces, de adoptar una postura proyectual inevitable para quienes queremos responder en términos realmente consistentes a los desafíos de la arquitectura contemporánea: resolver esas invariantes fundamentales del hábitat — los fenómenos, el hombre— al mismo tiempo que nos desplazamos sobre los horizontes móviles de la cultura y la técnica que conforman la práctica real del arquitecto del siglo XXI.
Esta especie de nueva racionalidad no debería propugnar un «estilo» sino una práctica que evite anclarse a una lista de recetas cerradas —e indefectiblemente insuficientes— para abordar problemas contemporáneos. Una práctica que entienda la inexorable necesidad contemporánea de fluir con las tensiones y manifestaciones culturales, económicas y sociales. Este estado de movimiento no implica falta de sustento sino una especie de «desplazamiento crítico», una postura que pueda fijarse en un punto capaz de moverse sobre la línea del horizonte de los territorios sobre los que opera. Al igual que el término alemán para «movimiento» (Bewegung), que incluye la palabra «camino» (Weg), el movernos nos plantea esa dualidad entre transitar una huella existente o imprimir una nueva. La práctica criteriosa del arquitecto contemporáneo radica en saber discernir el equilibrio entre ambas situaciones. Ese pendular entre la innovación y el buen uso de lo bien establecido por la historia, la memoria y los acuerdos sociales es, creemos, el modo de operar rigurosa, creativa y efectivamente dentro de un nuevo paradigma que nos ha cubierto a todos y que ya nadie debería ignorar.
J.D.
Escrito para la Maestría en Lógica y Técnica de la Forma, FADU-UBA, 2019. Seminarios de Historia, profesores Nora Pereyra y Damián Sanmiguel.

