Un único maestro
A 140 años del nacimiento de Mies van der Rohe (1886-2026)
Es un lugar común describir la carrera de Mies van der Rohe (nacido Maria Ludwig Michael Mies en 1886 en Aachen, en el seno de una familia católica) como dividida en dos fases arquitectónicas, una europea y otra estadounidense. Hay quienes pensamos, como el historiador italiano Francesco Dal Co, que en realidad hay solamente un Mies arquitecto, no uno alemán y otro "americano"; hay uno que va madurando, puliendo las mismas inquietudes. Las características de las obras hechas en EE. UU. facilitan esa hipótesis de perfil bifaz, pero creo que podemos aventurarnos a decir que hubo un solo Mies con las mismas búsquedas personales en distintos contextos.
Hijo de un maestro cantero y albañil, aprendió el oficio de su padre. No estudió arquitectura, se formó con arquitectos y comprándose libros de filosofía e historia, participando activamente en manifestaciones culturales como el Novembergruppe y la redacción de la revista G, donde conoció, por ejemplo, a Theo van Doesburg (una muy probable influencia en la casa de campo de ladrillo). Una década antes, aproximadamente en 1910, en Berlín, había sido impresionado por la muestra de la obra de Wright, cuya libertad espacial lo marcó al punto de recordarlo en su primera conferencia en el Armour Institute (futuro IIT). Trabajó con Peter Behrens, quien lo terminaría de anclar en la tradición de Schinkel, detectable, por ejemplo, en el monumento a Bismarck, donde ya se ve el uso del plinto separador entre la arquitectura y el suelo del mundo prosaico (este recurso volvería en el pabellón de Barcelona, la casa Tugendhat, Bacardi en Cuba, la Nationalgalerie, etc.).
Mies era intelectualmente inquieto. El más fino constructor del siglo XX, admirador de las obras de Berlage, Schwarz y de la capilla palatina de Carlomagno en su Aachen natal, era amante de la filosofía. En una entrevista tardía Mies elige 1926 como año relevante para su consolidación intelectual, cuando se habían publicado textos de Alfred North Whitehead, Max Scheler y el mismo Rudolf Schwarz, cuyos ejes exhibían una visión del mundo que venía alimentándose de la decepción ante la técnica y de la pérdida vital del ser frente a ella. Desde allí se criticaba al crudo materialismo científico, pero no de modo nostálgico. Mies, emparentado con este eje, queda situado fuera del movimiento moderno de raíz positivista, fuera del rendimiento como objetivo último, fuera del Existenzminimum y de la asepsia de la Neue Sachlichkeit. Él era lector del Zarathustra y de la obra del filósofo católico alemán Romano Guardini. Señal clara de un antipositivista: alguien que desconfía de reducir el mundo a lo cuantificable y que insiste en volver a una pregunta anterior, de orden, de verdad, del ser humano que acepta la técnica pero pide cautela para no perder el centro de gravedad del ser, como lo hizo Guardini más de una década antes que Heidegger. La modernidad de Mies no anidaba en la negación de la historia, como sucedía con otros de sus contemporáneos, sino en la idea de progreso que nace desde un acuerdo transhistórico, incluso con un interés en el espíritu de la Edad Media (la filosofía del dominico Meister Eckhart, otra de sus lecturas).
Se puede conjeturar que sus clientes eran un medio para su intensa búsqueda por sublimar sus inquietudes existenciales. A Mies, y está registrado por sus excolaboradores, no le interesaba discutir el programa de "funciones" en el estudio. El uso era, muchas veces, casi un mal necesario para él; desde la obra para Edith Farnsworth y su inhabitabilidad como casa de fin de semana, que ella le reprochó en los tribunales, a la Neue Nationalgalerie berlinesa, cuya planta a nivel plinto —bastante criticada en su momento— funciona mejor como un magnífico mirador urbano, monumentalmente perfecto, en donde la comodidad y luminosidad controlada nunca fue el punto central. Mies había antepuesto la potencia espacial a la eficacia museográfica.
Emocionalmente hermético y «hombre de pocas palabras», según Peter Blake, solía levantarse al mediodía. Alex Beam relata que no tenía problemas en quedarse a solas, bebiendo y fumando hasta bien entrada la madrugada. En una ocasión Philip Johnson le preguntó qué hacía hasta tan tarde. «Vee zink» (Pensamos), contestó con su pronunciación nunca mejorada.
Mies, el racionalista escéptico, el gran poeta de la contemplación, fue un hombre con una vida íntima que también ofrece materia para la crítica moral: desde su particular "necesidad" de libertad personal, visible en el desapego y abandono de su esposa y tres hijas, a la falta de valoración de su talentosa asociada Lilly Reich, la única que luego ayudaría a la esposa de Mies con sus finanzas y que cuidaría de la biblioteca y objetos del arquitecto en Berlín. Otro dato conocido es que Mies accedió a seguirle el juego al creciente poder del nazismo en los 30, aunque en una actitud acomodaticia, no ideológica. El que firmó la carta colectiva apoyando al Reich habiendo sido último director de la Bauhaus era el mismo que había hecho un monumento a los mártires del partido comunista alemán. Mies parecía carecer de nervio político —que no de convicciones, que le sobraban— cuando se trataba de lograr sus cometidos.
Avisado del peligro que implicaba quedarse en Alemania, se fue a EE. UU. Y allí tampoco faltó ocasión de abordar el programa casi como excusa, nunca como razón de ser. Sea la casa Resor, la 50x50, los apartamentos frente al lago Michigan o el icónico Seagram, en todos latía ese compromiso con su frase «beinahe nichts» (casi nada), residiendo en ese "casi" la estructura y una pátina de sensibilidad matérica severa, casi ornamento en grado cero. Un compromiso de belleza desprovista de todo ropaje fútil, buscada como «resplandor de la verdad» (San Agustín, otra de sus lecturas usuales). Este único Mies no tuvo problemas en dejar en segundo plano la "cuestión funcional" en varios momentos de su obra, sea en Barcelona, Berlín o Plano, Illinois. Su búsqueda de la verdad sublimada en la arquitectura a lo largo de su vida, sumada a sus inquietudes filosóficas, rebate la idea de un Mies desdoblado, además de soterrar la noción de un Mies funcionalista. Y a quienes han pretendido criticarlo por esto último solo les queda la ironía de Lewis Mumford: «Aplaudir a Mies por la pureza monumental de sus formas y lamentar su mal funcionamiento es como alabar al mar por ser azul y simultáneamente quejarse de que sea salado».
J.D.
Publicado originalmente en el diario de Arquitectura de Clarín, ARQ n.º 1214, Buenos Aires, mayo de 2026.

