Una clase de arquitectura
Escuela Normal Superior N.º 1 «Domingo Faustino Sarmiento», L.N. Alem, Misiones, Argentina (1957-1963). Arqs. Mario Soto y Raúl Rivarola, con Myriam Goluboff integrando el equipo.
Desde el norte, por la tranquila ruta 4, llegué un viernes pasado el mediodía a la calmísima ciudad de L.N. Alem, en la subtropical provincia de Misiones, en el Nordeste argentino. Nadie en la calle mientras el GPS me acercaba a mi objetivo, la célebre Escuela Normal Superior N.º 1. Llegando por su lado sur decidí frenar antes, para bajarme del auto y mirarla desde lejos, costumbre con la que empecé hace muchísimos años tras escuchar una entrevista a Philip Johnson, quien, a propósito de su visita a Taliesin, decía que todo arquitecto que visite por primera vez una obra debería dejar el auto a una considerable distancia para poder apreciarla mientras camina hacia ella. Es un inocente dogma autoimpuesto que mantengo como un guiño a mi antiguo yo estudiante.
Hice a pie las dos cuadras que faltaban, entré por un acceso secundario y lo primero que vi fue uno de los icónicos testeros del edificio. Al continuar hacia el patio de acceso me encontré con el secretario pedagógico; me presenté, le conté que había hablado una semana antes por teléfono avisando de mi visita, como si estuviese excusándome por cierto temor al rechazo, olvidándome de que no me encontraba en Buenos Aires sino en una provincia donde llevaba una semana recibiendo solo sonrisas y buena predisposición.
Enseguida se sumó la vicedirectora al diálogo y entre ambos me dedicaron unos treinta minutos para llevarme por todo el edificio. Ambos fueron exalumnos de primaria, secundaria y profesorado. Iban hablando con otras personas pidiendo llaves para entrar a los laboratorios, explicando mi presencia a alguna maestra desconcertada, hablándose entre ellos dos de cómo convenía que fuese mi recorrido. Habrán hecho esto decenas de veces y aun así había un legítimo interés en mostrar orgullosamente eso que es parte de sus vidas. Me mostraron todos los espacios, contando qué elementos son aún originales, y lamentando que, a pesar de que el edificio fuera declarado patrimonio histórico arquitectónico, cultural y educativo de la provincia en 2005 y luego designado Monumento Histórico Nacional en 2012, tengan que hacer rifas y otros emprendimientos para poder pintarlo y mantenerlo.
La vice se excusó unos minutos y continuó conmigo el secretario (me olvidé el nombre de ambos, qué ingrato), que esperaba pacientemente que sacara fotos, y desde un lado me recalcaba la real eficiencia térmica en verano, y también, para mi sorpresa, el carácter de los detalles constructivos, la expresividad de las formas y su interacción con la luz: «¿no es fantástico cómo esas partes no se tocan y generan ese efecto?». En otras palabras, alababa los recursos proyectuales utilizados en esta obra como si se tratase de un colega apasionado. Llamó a un ordenanza y me consiguió una escalera para que pudiera acceder a la parte superior de las aulas, un sector abandonado, pensado inicialmente para el espacio de educación física. «Subí tranquilo, te espero acá abajo».
Recorrí en puro silencio ese amplio sector olvidado, mirando hacia afuera por una trama de hormigón rigurosamente filocorbusierana.
Bajé, volví a la sala de maestros, donde otro docente propuso al resto buscar fotos de la obra en la computadora. La vicedirectora redobló la apuesta y desempolvó una foto enmarcada mientras les decía al resto: «deberíamos imprimir el resto de las fotos para que estén a la vista cuando vengan otros de visita». Mientras tanto, entre foto y foto que aparecía en la pantalla, hablábamos de Rivarola, de Soto y Goluboff, de Corbu, de Chandigarh, del agregado incongruente que tiene el edificio, de la ciudad, de la geometría descriptiva que fue necesaria para construir las gárgolas de los testeros, de la admiración hacia aquellos que en el medio de la nada se animaron a construir esto hace seis décadas.
Si no hubiese tenido por delante un viaje tan largo me hubiera quedado un rato más y aceptado la invitación para subir a fotografiar el techo. «No sabés, es fantástico ver esas vigas».
Sin suficientes palabras de agradecimiento por tanta hospitalidad, me despedí de todos y emprendí los casi 1.100 km hacia Buenos Aires por el paisaje ondulante de la ruta 14.
J.D.

